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Relatos breves. La nariz superlativa


Desde que le practicaron la rinoplastia se sentía otra mujer. Su cara, en efecto, ganó en equilibrio y proporcionalidad. Resultaba bella, atractiva. Había pedido traslado en su trabajo con intención de comenzar una vida nueva, donde nadie la conociera, pues segura estaba de que sus amigos y compañeros estarían siempre pensando en el sayón y escriba que tuvo por nariz, en el pez espada muy barbado, en el reloj de sol mal encarado... No estaba dispuesta a martirizarse con tales pensamientos, que ya bastante fue aguantar en el colegio, en el trabajo... Tuvo que sobreponerse cada día para salir a la calle y acudir a las correspondientes obligaciones laborales o, antes, de estudiante. Tenía que olvidarse tanto de lo sufrido como de los pensamientos que, pensaba, tendrían todas las personas conocidas. Hasta de sus mismos padres quería olvidarse, pues la miraron siempre con pena, desilusión y, acaso, con cierta rabia vergonzosa, como si ellos tuvieran la culpa de los crueles caprichos que, en ocasiones, parece tener la Naturaleza.

-Pues otros sufren desgracias y malformaciones mucho más graves que una nariz de elefante boca arriba.

-No estaré tranquila hasta que un cirujano plástico me arregle semejante desarreglo.

-Ya quisiéramos nosotros ayudarte, pero bien sabes que nuestros ingresos no dan para lujos.

Ella pensaba que no era un lujo, sino una necesidad extrema. Había vivido aguantando su enorme nariz, su desproporcionada napia, los comentarios y pensamientos que provocaba. Había ahorrado lo necesario para el inicio de la operación y estaría pagando el préstamo como quien paga la hipoteca del piso que ha comprado. Arreglaría su cara como quien arregla el bollo que le hicieron a la carrocería del coche.

"Yo quiero confesar, don Juan, primero, / que esa bella nariz de nuestra amiga / no tiene de ella más, si bien se mira / que el haberle costado su dinero", dijo el pedante rememorando los versos de Bartolomé Leonardo de Argensola e imaginando el nuevo rostro de la compañera. Y se echó a reír. Pero nada pudo decir a Rosario Delgado: le concedieron el traslado cuando aún estaba de baja y con la cara vendada. Desapareció como la luz eléctrica al pulsar el interruptor. Su jefe guardó el secreto del lugar de su traslado y, poco a poco, se fue borrando su recuerdo activo, aunque, de cuando en cuando, alguno evocara aquella nariz superlativa. Más cuando los hijos estudiaban la literatura barroca y se topaban la hipérbole de Quevedo a una nariz. ¡Cuántas veces ella había tachado indignada aquella página de los libros de texto! ¡Cuántas veces había temido aparecer por clase y que sus compañeros le recitaran el celebrado soneto!

           En su nuevo destino se sintió liberada. Alquiló un piso, hizo nuevos amigos, tuvo compañeros que admiraban su rostro equilibrado y bello... Un día conoció a Eduardo Belmonte. Iba en una procesión de Semana Santa transportando el pebetero y se acercó a ella, espectadora, atufándola de incienso, para decirle: "Es usted la mujer más bonita que he visto nunca contemplando un desfile procesional". Se vieron en otras ocasiones y terminaron casándose, pese a que, como alguna vez le confesó, celebraba con devoción la poesía mística y el poema “A una nariz", que recitaba de memoria en cada una de sus versiones.

Se planteaba ahora si un hijo podría heredar el naricísimo infinito que ella había padecido y dejado atrás.

-Lo operaré en el primer momento -se dijo a sí misma sin comentar lo más mínimo con su marido, ajeno al aspecto de ella antes de la operación y empeñado en la paternidad.

Nació un niño con nariz desproporcionada y Eduardo pensó en un castigo divino por sus entusiasmos ante el poema de Quevedo.

 

 

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