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La importancia de la educación sexual


La sexualidad, haya personas que lo quieran o no, forma parte de nuestras vidas, de nuestra realidad diaria. Por mucho que ciertas personas se empeñen en esconder esta parte tan íntima de nuestro propio ser, la sexualidad sigue siendo uno de los pilares de nuestra existencia.

Cada vez es más común mantener conversaciones sobre sexualidad en las que se habla sin tapujos de cuestiones como el sexo, la masturbación, los consoladores de easytoys… Además, la sexualidad no solo está ligada a la pasión y al placer, sino que puede tener fuertes implicaciones en nuestra salud y, desde luego, es de vital importancia a nivel reproductivo, por lo que desterrar esta faceta de nuestra cotidianeidad sería un error.

Dotar a los jóvenes de conocimientos y habilidades para que se puedan desarrollar en plenitud física y mental durante toda su vida es uno de los objetivos principales de la educación; y puesto que la sexualidad está muy arraigada en nuestras vidas, es necesario que los jóvenes reciban una educación sexual adecuada.

La propia UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) lo deja claro en su página web que la educación sexual es útil para «(…) garantizar la salud y el bienestar en términos de sexualidad, derechos humanos, valores, relaciones sanas y respetuosas, normas culturales y sociales, igualdad de sexos, no discriminación, conducta sexual, violencia y violencia de género, consentimiento, abuso sexual y prácticas negativas».

En definitiva, una sociedad con una formación sexual de calidad tiene mayores probabilidades de convertirse en una sociedad más completa y sana.

La influencia de la pornografía, la normalización y el consentimiento

Hoy en día, en la época de Internet, cualquier persona puede acceder de manera muy sencilla a cualquier tipo de contenido. Uno de los más polémicos, controvertidos y frecuentes en la red global es la pornografía, en la que abundan unas imágenes y una forma de afrontar la sexualidad que poco tiene que ver con lo que son, en realidad, las relaciones sexuales. Y, sin embargo, son muchos los jóvenes que consumen este tipo de contenidos, de forma que comienzan a normalizar ese tipo de relaciones como la pauta.

Una de las funciones de la educación sexual es, por ejemplo, hacer hincapié en que los jóvenes no tienen por qué copiar los comportamientos que se muestran en el cine porno y que, si la persona con quien mantienen relaciones no accede a esas prácticas, no deben sentirse frustrados ni, mucho menos, obligar a su pareja a que acepte.

Es importante que los jóvenes aprendan a que en materia sexual no hay una normalidad estandarizada. Que hay muchas maneras de vivir la sexualidad y que todas ellas son válidas, siempre y cuando estén basadas en el respeto mutuo.

La normalidad no tiene tanto que ver con las prácticas sexuales, los gustos, las filias y las parafilias como con que la sexualidad es algo natural y propio de la especie humana e, incluso, del mundo animal. Lo normal no es saber qué es lo que nos gusta en la cama o hacia quiénes sentimos atracción, sino que lo normal es sentir curiosidad por experimentar y vivir la sexualidad de manera libre y desinhibida. Que todos y todas podamos conocer y vivir momentos que nos ayuden a sentirnos realizados como personas. Y eso va más allá de que a unos les guste el bdsm (el sadomasoquismo) y a otros hacer el amor con la luz apagada.

Al fin y al cabo, en las relaciones sexuales todo vale si todos los participantes están de acuerdo con el momento, la forma y el lugar.

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