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Los miedos: cuando se cede en el deseo


Hablar de miedos es hablar del ser humano, de lo que en cada uno nos toca este afecto. Los afectos  vienen a colorear una angustia que todos padecemos como corte principal para separarnos de ese cordón umbilical más allá del canal del parto. Hay una función que calma nuestras necesidades, la función madre, de la que hay que separarse para incluirnos en el deseo humano. Y no hablamos del adulto que se separa, sino de nuestro aparato psíquico, donde es necesario incluir una función de límite, que es la Ley, el Nombre del Padre, y que nos permite constituirnos como seres civilizados, sujetos al Principio de Realidad, donde no nos quedamos alucinando sin realizar el trabajo necesario para la satisfacción de la necesidad, ese sería el Principio del placer.

El miedo viene a protegernos, a establecer un límite hacia deseos que no se deben realizar porque sucumbiría la civilización. El límite nos hace libres.

Por eso, cuando el miedo no está puesto en su lugar, sufre un desplazamiento, como si se tratara de una metonimia, dado que los mecanismos psíquicos son los del lenguaje. Por eso es que hay miedos a ciertos objetos que son tan irracionales. No es a eso, sino a otra cosa.  Estamos hablando de las fobias.

El miedo  también nos protege de los peligros, porque nos permite tener ese grado de alerta para reaccionar.

¿Pero qué ocurre cuando son los miedos los que impiden el desarrollo, dar pasos cuando ya es necesario? ¿Cómo es que llegan a paralizar?

Cuando se quiere controlar lo que uno es y no dejarse sorprender por lo que de nuevo se produce en cada persona, se cierran caminos. Puede no llegarse a  permanecer en ninguna actividad, ni ligarse a ningún destino. En la andadura del camino de la vida  vemos la importancia del trabajo, de la lucha diaria, de incluir a los otros para producir algo más grande que uno mismo y que tal vez ni siquiera me beneficie, puede llegar a asustar, porque ya no somos ese niño dependiendo de mamá, sino un adulto con unas responsabilidades, dejar una herencia a los otros, porque después de mí vendrán más y se beneficiaran de lo hecho.

La neurosis pone zancadillas porque se juega la envidia, los celos, la hostilidad, el narcisimo, la sexualidad... todo lo reprimido que hace que ese primitivo, ese niño sujeto a sus pulsiones, quiera satisfacer sus más bajos instintos, deformados y transformados. Algo irracional que nos parece absurdo: tal vez un lapsus, una equivocación, un olvido, un sueño o, lo que es peor, un trastorno psíquico que impide amar y trabajar.

Vamos a desmontar falsas ideas que corresponden a un modo de entender al ser humano anterior a cuando se instauró el Psicoanálisis, en el 1900, con la definición del concepto de inconsciente en la obra de Sigmund Freud, la Interpretación de los sueños.

Cuando se habla de miedo se suele pensar que es como consecuencia de una experiencia traumática, dolorosa, que genera ese miedo a que se repita. Pero Sigmund Freud nos demuestra que la realidad tiene la misma influencia en el sujeto que la fantasía, nos diferencia la realidad material de la realidad psíquica.  El temor no viene de algo traumatico en el niño, el miedo se produce ante la experiencia de separación, el objeto que calma la necesidad, la función madre. Hay un temor a los propios deseos. Porque esa separación también implica deseos prohibidos que no se pueden llevar cabo. Los demás son miedos encubiertos, es en realidad miedo a la castración, un término psicoanalítico que nos habla  de la renuncia a los deseos inmediatos, esa desatribución, y las maneras en que renunciamos a ellos son las que hacen que nos movamos en unas posiciones psíquicas u otras, lo que en otras disciplinas llaman “personalidad”.

Pensar que lo anterior nos determina es un error muy grande, lo que nos determina es el futuro y éste se puede modificar.

El temor en el vivir podríamos decir que es un límite a esa energía psíquica, la libido, que no se  sabe gestionar. El psicoanálisis es una máquina de producción de sujetos deseantes, se pone a favor de uno, permite estar en la vida

Hay quien vive diciendo que esos miedos son normales y que forman parte de su manera de ser, cuando habría que señalarles que eso no tiene nada que ver con la personalidad, sino que le está indicando que algo no va bien. Hay miedos que no dejan vivir una vida plena, y que señalan otras cuestiones internas que, por asociación, se cree que es a lo que se dice. Hay impedimentos para que esa energía psíquica tome los cauces adecuados, y produce erosiones, igual que un río que tiende a ir hacia la desembocadura y se construyen diques. Las presas hidrúlicas utilizan toda esa energía del agua para producir electricidad ¿pero qué pasa si no le damos cauce? ¿dónde está esa energía? Cuidado, la energía psíquica tiende a expresarse, a veces de forma deformada.

No se es así, es una manifestación de un malestar interno. No es una manera de vivir, es  un continuo reprimir de todas las acciones. El miedo necesario ya esta interiorizado, no hay que ocuparse de eso, todo lo demás forma parte de lo reprimido, del conflicto interior entre la moral y deseos y pensamientos que no toleramos, que no quiere decir que se hayan de realizar. Esto ni siquiera podemos llegar a darnos cuenta, es inconsciente, pero produce efectos en mi realidad. Cada vez que uno cede en su deseo, no atiende a sus necesidades como sujeto psíquico capaz de construir la felicidad.

 

Laura López, Psicoanalista Grupo Cero

www.lauralopezgarcia.com

Telf.: 610865355

 

 

 

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