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¿Qué hijos dejaremos a nuestro mundo?


Solemos hablar del mundo que le dejaremos a nuestros hijos, pero escasamente de la cultura y la actitud que vamos a sembrar en ellos para conservar ese mundo. Hablemos del ejemplo que les vamos dando y de la responsabilidad y compromiso que debemos asumir en su formación para hacerlos responsables, racional y razonadamente, de la preservación del entorno.

Es cierto que cada generación se encuentra un mundo diferente, el mundo que fraguaron sus mayores con la argamasa y la materia transmitida del pasado inmediatamente anterior. Pero ese mundo heredado pasa a ser de ellos y, en función de su actitud y conducta, empieza a ser modificado bajo su influencia. El ajuste que se vaya haciendo, el enfoque de los objetivos y de la interacción con el medio, lo determinará. En esa herencia va incluida su cultura, los principios y valores que sustenta los comportamientos sociales, aquellos que definen cuáles son los aceptables y cuáles no. Ahí podemos encontrarnos con la transmisión de conductas agresoras con el entorno, egoístas y miopes, faltas de respeto hacia la naturaleza que nos nutre desde tiempo inmemorial. Es un proceso de modulado y modelado en el que nuestro ejemplo es básico para definir cuáles serán los actuaciones de nuestros propios hijos en relación a su hábitat.

Nuestros padres vivieron un mundo de guerra civil, de guerra mundial y de confrontación, represión y sumisión, o prebendas, según su militancia ideológica. Nuestra generación, y hablo de los nacidos en torno a los años 50 del pasado siglo, recibió la herencia de esas guerras con los condicionantes religiosos, políticos, económicos y sociales que ello acarreaba. Pero también tuvimos el protagonismo en un periodo muy significativo, como fue la transición, la ruptura con el viejo régimen y la creación de un nuevo orden constitucional. Nosotros les dejamos a nuestros hijos  el de la democracia y las tecnologías, el de la comunicación y el intercambio de conocimientos, el de la globalización económica; pero también dejamos el de las grandes diferencias entre los países, del desajuste social entre la riqueza y la pobreza o miseria, las injusticias potenciadas por el sistema neoliberal, las agresiones al medio ambiente buscando el beneficio inmediato, la falta de respeto a la senectud y sus experiencia vital, la idolatría a lo material y el deslumbre ante los avances tecnológicos… Ahora, desde la edad provecta, cuando el protagonismo es de ellos, solo podemos ver como fraguan su propio mundo. Nuestra responsabilidad o implicación en el futuro está en decadencia. Son ellos, nuestros hijos, los actores. Depende de cómo los hayamos formado así será el mañana. Porque ellos, a su vez, dejarán a los suyos el de la cuarta revolución industrial, con ciertos riesgos con el uso y abuso del Big Data, la nanociencia y la nanotecnología.

No obstante hay un elemento de especial significación, como es su potencial, que se acrecienta desde la comunicación y el conocimiento, que eleva el rango de libertad que pueden gozar los ciudadanos, siempre y cuando se desarrolle el libre albedrío y su capacidad de discernimiento desde lo racional y razonable o justo. Ese potencial es de ellos. Tienen los conocimientos y la capacitación para desarrollarlo, al menos en teoría. Es el valor de su era. A ver qué hacen de él.

También existe algo muy importante a considerar, bajo mi punto de vista. Es el control de los instrumentos que van conformando al sujeto, que le forman y dan personalidad, principios y valores sociales, para que conviva en sociedad. Antes eran los padres, los maestros y el entorno inmediato los que tenían el protagonismo en esa formación. Ahora se han roto fronteras y son otros los medios que interfieren e intervienen en ello. Hay demasiadas cosas que se escapan a la intencionalidad formativa de los padres y de su control. No son ellos, ni la escuela, los que forman al sujeto. La televisión, la informática, Internet y ese amplio mundo virtual ha tomado un protagonismo inusitado. El modelo social resultante dependerá de la incidencia que esos medios tengan en la formación de los infantes. Si esta sociedad se plantea el puro materialismo consumista en contraposición al desarrollo de la esencia del ser humano de forma integral, y controla los recursos para influir en la formación de los individuos cultivando la sumisión en lugar del librepensamiento, estan perdidos, serán pasto de ese consumismo, alienados e idiotizados; pero si transmitimos un espíritu crítico, cuya orientación esté en el desarrollo de las potencialidades humanas de nuestros hijos, donde la curiosidad por lo desconocido y el espíritu investigador prime, la cosa cambia. Habremos creado sujetos cualificados, con criterios propios, difícilmente alienables y capaces de saber distinguir entre lo importante y lo efímero o superfluo.

No olvidemos que el mundo es un sistema, donde la interacción entre todos y cada uno de sus elementos produce un proceso evolutivo, dinámico, de resultados imprevisibles, como respuesta a esa compleja interacción. El entorno está condicionado por sus elementos y todos y cada uno de nosotros somos, también, elementos de protagonismo singular en cuanto a la incidencia en ese entorno, con potencialidad y capacidad intervencionista.

Concluyo: “Preservemos la naturaleza, pero eduquemos a nuestros hijos para que la sostengan”. Tan importante es el mundo que damos a nuestros hijos, como los hijos que damos a nuestro mundo. Me preocupa el perfil que se está fraguando respecto a la personalidad del ser humano futuro. ¿A qué intereses responderá?

 

Antonio Porras Cabrera

http://antoniopc.blogspot.com/

 

 

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