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    El peldaño


    Por la propia naturaleza del ser humano, cualquier persona es libre en sus pasos y en elegir su camino. Nadie debe, bajo ningún concepto, desposeer al ciudadano de esa libertad que es inherente a su esencia como persona. Asimismo, los políticos en el poder deberían respetar absolutamente las decisiones correctas, justas, tomadas por la “oposición”. Del mismo modo, esta también debería seguir la misma vía con las adoptadas por ellos, pues solo las decisiones acertadas son las que benefician a la mayoría de la sociedad.

                Sabemos de sobra que en el respeto está la base de toda convivencia, de toda democracia. Si ciertos regidores echan de ellos esta consideración o deferencia hacia su “oponente”, la relación entre unos y otros se rompe, se desploma. Cuando esto sucede, el respeto se aleja hasta desaparecer por completo. Ya nunca jamás regresará. Esto es evidente. Sin embargo, aunque lo entendemos y lo aceptamos, no actuamos así en muchas ocasiones.

                Mientras los hombres no nos concienciemos de que el mismo derecho tiene una persona a opinar lo contrario que la otra y de actuar sobre cualquier tema o asunto de forma distinta a como lo hace la de enfrente..., no existirá el respeto entre ellas. Siempre, claro está, que esa opinión o acción no atente contra el bien de los demás. Por lo tanto, si un individuo o varios, o un partido político, o una asociación, o una institución... practica el sin sentido para beneficio de aquellos que la componen, una minoría, levantará una muralla que obstaculizará plenamente el entendimiento entre dicha persona o colectivo y sus interlocutores. “Convierte tu muro en un peldaño”, nos exhorta Rainer Maria Rilke. Pero, ¿por qué es tan difícil, a veces imposible, seguir el consejo del escritor checo? Porque vivimos en una sociedad que se asienta precisamente en la ausencia de respeto, de tolerancia, de solidaridad... Por desgracia, muchos hombres solo buscan su bien o el de su limitada colectividad sin importarles, en absoluto, el bien de todos aquellos que no están dentro de “esa sociedad”.

                Ciertos regidores de determinados países del orbe no son trigo limpio. Al ciudadano de a pie no se le informa con transparencia ni se le pide que opine sobre las decisiones más fundamentales tomadas por ellos.

     

     

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