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    El Copo. “18 horas con Tejero”: La meada


    “Cuando pequeño, a falta de otros juegos, los chavales de la pandilla del Zorro nos reuníamos por la playa de San Lorenzo y jugábamos a ver quien lanzaba más lejos el chorrito.

             Siempre nos ganaba mi amigo Santamaría que, aguantando el órgano y las ganas, lanzaba el “pipí” a una distancia aproximada de 2 o 3 metros cubriendo una trayectoria parabólica perfecta. Yo quedaba siempre en segundo o tercer lugar, nunca conseguí vencerlo. Aún hoy, pasados ya tantos lustros, soy capaz de lanzar el chorrito a una distancia envidiable para los de mi edad.

             No se trata en este juego del tamaño del órgano, sino de la sabia preparación y concentración necesaria para el despegue. Es el instante del impulso y una presión pausada lo que facilita lograr una meada perfecta y de autoestima. ¡Qué tiempos aquellos!

             Pasadas unas horas, no muchas, de la irrupción en el hemiciclo de las tropas de Tejero, sentí ganas de evacuar aguas menores. Fui aguantando como pude, pero llegó un momento en que la situación se hizo insostenible.

             Sé por propia experiencia que, a veces, con un proceso de autosugestión puede ir uno venciendo ese deseo.

             Ya me pasaba en los tiempos de estudiante en La Salle cuando, para pedir permiso, uno tan solo tenía que levantar el brazo con dos dedos de la mano extendidos. El “hermano”, siempre pendiente del orden establecido, concedía o no el permiso sin saber yo jamás qué criterios eran los que manejaba. Después de varios intentos, existía una manera de conseguir su augusta magnanimidad.

             Se ponía uno en pie de forma súbita, cara desenfrenada, la mano extendida y la otra agarrándose el “paquete”, al tiempo de lanzar dos exclamaciones secas y contundente: ¡hermano¡, ¡hermano! No fallaba, el permiso era concedido.

             Estando, pues, con este problema, miré al brigada. Me pareció ver la cara del fiero hermano Abundio, aquel que un día consiguió que mi amigo Lirola se meara piernas abajo; su cara no era el espejo del alma, sino peor. Seguía con la metralleta sujetada al hombro y descansándole en la mano derecha. Se veía una plena satisfacción en su rostro, como la que queda después de una micción aguantada.

             Pensé en cómo decírselo. Pude decir: “… mire mi brigada…”, pero aquello sonaba a fértil pelotilleo, de manera que desistí; pude, igual que en el colegio, alzar la mano con dos dedos extendidos y decir: “… por favor, puedo ir al wáter”, pero me pareció ridículo; pude levantarme sin más e ir hacia los servicios en la parte alta del hemiciclo, pero yo no soy el Gary Cooper de “Sólo ante el peligro”.

             De manera que echándole valor al asunto, opté por decirle -¡oiga!.

             Él, acercándose, me dijo: -¡diga!

    -Mire Vd, es que tengo necesidad de ir a los servicios.

    Sonrió el muy ladilla y contestó: ¡vaya!

    Tuve que pasar junto a Clavero que seguía en proceso de observación y desperté, sin querer, al santo de don Hipólito que estaba dando una cabezada. Blas Piñar no se encontraba en aquel momento en su escaño.

    Al iniciar la subida de los 6 o 7 escalones que conducen a los servicios, se acercó el brigada y me dijo: “Espere, por favor”. Llamó a un guardia de primero que estaba en el hall: “Benítez, acompañe a su señoría”; creo que lo de su señoría lo dijo de cachondeo.

    Benítez también llevaba otra metralleta. Tenía cara de guardiacivil de pueblo; de esos que se quitaban el uniforme y el tricornio y parecían -y lo eran- gente sencilla con los que, en mis tiempos de maestro, echaba alguna partida de dominó y hasta me atrevía a ganarles. No sé qué tiene el tricornio que en cuanto se lo colocan no los conoce ni la madre que los parió.

    El bueno de Benítez entró conmigo a los servicios. Yo andaba buscándome la “pilila”; la verdad es que no me la encontraba. Apareció en forma de gusanillo insignificante e irrisorio. Me concentré. Abrí algo más de lo normal las piernas buscando un cierto relajamiento. Tosió Benítez. Miré hacia el techo. Benítez encendió un cigarrillo. Recordé los lejanos tiempos de la playa de San Lorenzo. Conseguí iniciar la micción. No alargaba nada. Intenté sacudirla. La recogí muy húmeda. La cremallera funcionó mal.

    -¿Ya?, preguntó Benítez.

    -Sí, gracias.

    Volví al escaño. Siempre he tenido la sensación de conocer a Benítez.

    ­Nota. Este Copo es un capítulo del libro “18 horas con Tejero” publicado en 1997. Si alguien, vecino de Málaga, está interesado en él, puede pasarse por El Gran Vía (calle D. Cristián), previo aviso, y le será entregado un ejemplar y una cerveza.

     

     

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