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    El Copo. Coco


    Tras la muerte de Gersom, mi perro pastor alemán de las noches amarillas muerto de forma trágica, prometí que jamás un animal estaría conmigo.

             Las promesas existen para no ser cumplidas y es por ello que un nuevo habitante, el blanco grisáceo Coco, un gatito impresionante ha venido a introducir un cierto vértigo de amistad entre las cuatro paredes de mi hogar.

             El perro es el mejor amigo del hombre o mujer que lo cuida, acaricia y lo ama; el gato, por lo que voy viendo, es un ferviente amante de la casa y en ella se siente feliz.

             Este felino, regalo insólito de mi nieta Carmen, ha llegado para quedarse y hacerme compañía en estos últimos días, meses o años de esta vida mía que lleva camino de convertirse en mera existencia que me queda para estar por estos lares.

             Que se acerque a mí o yo a él es una auténtica aventura que convierte este tedioso tiempo de espera en una aventura apasionante; lo que hace unos días era “mosqueo” generalizado va convirtiéndose con el paso del tiempo en un ronroneo de infinitas diabluras en el que, con cariñosos engaños por mi parte -ya saben- una chuche en condiciones y otras variables consigo que, poco a poco, su proximidad a mi persona sea cada vez asidua.

             Y lo paso bien en ese ejercicio de intentar conseguir la complicidad de su compañía.

             Buen regalo, niña guapa.

     

     

     

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