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    La buena noticia. La tormenta


             Ya nos habíamos despertado el jueves con una granizada tremenda. Pienso que solo comparable a la que cayó el día que me casé. Aquél 8 de diciembre del 70 amaneció con un cielo panza de burra que acabó con una lluvia de granizo. Se inundaron calles de Málaga de un manto blanco que encantó a los niños malagueños que desconocían la nieve.

              La boda era a las 12 en el Sagrado Corazón. Al salir de mi casa, todo empingorotado y del brazo de mi madre, esta pegó un resbalón que desmontó toda la parafernalia de peineta y mantilla, preparadas con esmero, y obligó a la reconstrucción de peinado y atuendo de la madrina.

              Después, en el templo, se fue la corriente eléctrica. Puedo decir que me casé a dos velas. El coche de mis amigos los Denis, alivió la oscuridad del escenario iluminando con sus faros el pasillo central de la Iglesia.

              Aquel día solo pasé el miedo propio de la situación. Esta vez he sufrido por la gente que vive en la calle y los que habitan en zonas robadas a los ríos por la especulación mobiliaria que sufren, la falta de previsión, y las situaciones que acaban con las casas inundadas hasta los techos. Alguna de ellas fuera de las ordenanzas y arroyos embovedados que son un peligro.

               Ante esta situación cuesta trabajo encontrar una buena noticia. Finalmente la encuentras en la ausencia de desgracias personales, la celebración de la Gala de los Premios Goya  y la entrega de galardones a los periodistas distinguidos de Málaga.

               Creo que soy el único ejemplar de periodista que ha sido jubilado antes de iniciar el desarrollo de su oficio. Así soy yo. Todo lo hago al revés. Pero, en mi caso, soy un tipo que tuvo que jubilarse para poder iniciar sus estudios de periodismo. Cuando acabé, pasé directamente al campo de los eméritos.

             Pero no me quejo por ello. A lo largo de esta última docena de años, he podido escribir en los periódicos, hablar en la radio y aparecer en la televisión con programas propios. Por eso disfruto cada año el día de San Francisco de Sales, patrono de los periodistas. Asisto a todos los actos de dicha celebración y rememoro aquellas redacciones de los medios que conocí cuando era muy joven. La del diario Sur, en la alameda de Colón. La emisora de Radio Juventud en Alarcón Luján, y, finalmente, aquella nave en un polígono malacitano donde me inicié en la tele de manos de Popular Televisión.

           He podido plasmar mi tormenta de ideas y de recuerdos. Con ellos quiero homenajear a los viejos plumillas que me animaron a dedicar esta parte de mi vida a comentar las BUENAS NOTICIAS.

     

     

     

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