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El lenguaje inclusivo


El español es una lengua de raíces latinas con injertos de griego, árabe y otros idiomas. Fue una gran aportación a la América descubierta y gracias a este acontecimiento hoy la hablan, y escriben, más de quinientos millones en todo el mundo.

A lo largo de los años se ha ido enriqueciendo y perfeccionando. A este hecho no es ajeno la fundación de la RAE que, con gran sagacidad, se multiplicó en las naciones de habla hispana. Las Academias de la Lengua recogen el sentir popular en el uso de las palabras y en las formas de decirlas. Si mis neuronas no me fallan aprendí, en los primeros cuarenta del siglo pasado, que la gramática es el arte de hablar y escribir correctamente nuestra lengua.

La RAE ha publicado, en dos tomos, la Gramática que, mis hijos, tuvieron la buena idea de regalarme cuando se publicó. En su introducción se dice: “La GRAMÁTICA es la parte de la lingüística que estudia la estructura de las palabras, las formas en que estas se enlazan y los significados a los que tales combinaciones dan lugar”. Qué quieren que les diga: la definición que me enseñó  mi querido, y recordado, maestro me resulta, en su sencillez, más potente.

En el transcurso de los años, la lengua española se ha ido conformando con el predominio del masculino genérico. Así al decir alumnos no se refiere sólo a los varones, sino a los dos sexos.   

La ideología de género ha terciado en el asunto y no está conforme con que el masculino genérico sea el que predomine y exige la inclusión del femenino. Así se dice: alumnos y alumnas y se escribe alumnos/as y en el colmo de la estulticia lingüística alumn@s. Es evidente que tales formas vulneran el principio de economía lingüística que defiende la RAE.

Hay ocasiones donde la estructura de la palabra, como en el caso reseñado, es fácil y lo admite. Otro ejemplo: negativo/a pero no siempre es posible. Ejemplo: optimista que aunque termine en a no es femenino y en caso que lo fuera no podemos escribir: optimista/o.

Algo parecido ocurre con persona que es femenino y no la podemos masculinizar escribiendo persono o finalizar con otra vocal que no sea la “a”. Así también con oyente, joven, y un larguísimo etcétera.

En conclusión: A mí, personalmente, me resulta más estético aquello que me enseñaron cuando chico, que para indicar el sexo de un profesional, por ejemplo, se recurría a los artículos “el” o “la”; así: la médico, la arquitecto, la ingeniero, etc., suena mejor que médica, arquitecta o ingeniera aunque sean vocablos aceptados por la RAE.

El tiempo nos dirá si con estas controversias enriquecemos o empobrecemos nuestra riquísima y fecunda lengua.

 

 

 

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