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    Una nueva etapa


    ¿Por qué cuando un ser humano es dichoso al efectuar una decisión suya, como marchar por un nuevo camino, esta ventura, que lo desborda, significa aflicción para otros? Las decisiones cruciales en la vida del hombre son siempre difíciles de tomar. Las dudas acosan insistentemente. Se agigantan los miedos. En ciertas personas el qué dirán golpea con dureza. El apego a lo cosechado acrecienta su caudal de forma alarmante. A veces ante una de estas firmes determinaciones hay que darle tiempo al tiempo. Sin embargo, en otras ocasiones no se debe retrasar la ejecución de la decisión, ni prescindir de la deliberación siempre necesaria antes de proceder a darle vía libre. Actuar a base de impulsos o con una exacerbada presteza no razonada puede que la persona acabe dilacerada por la velocidad excesiva con la que conduce la acción ¿De qué sirve ser raudo en resolver, si después la ejecución es lenta o esta no llega a iniciarse o a consumarse? 

    Hay seres humanos que sueñan cada día con lo imprevisto, con lo sorprendente. Si descubren ese instante luminoso, que puede transformar su existencia repleta de hastío, de desengaños, de incomprensiones..., y siguen su estela, sabrán darle sentido a la vida, a su vida. Pero nadie puede olvidar que al tomar una decisión deberá asumir las consecuencias y responsabilidades que se deriven de ella, las cuales, evidentemente, no las conoce de antemano. 

    Muchos hombres y mujeres creen que todos los días son iguales, que nada cambia, porque tienen miedo a percibir y a aceptar ese momento decisivo, mágico, que se les presenta para hacer que reverdezca su vida seca. “Cambiar de horizonte, dice Bécquer, es provechoso a la salud y a la inteligencia”. Aunque cada nacimiento trae consigo una muerte, la esperanza en esa renovación esencial y plena eclipsa aquel manantial, en el que antes bebíamos vida, pero que poco a poco se fue secando.

    ¡Cuántas personas anhelan reiniciar una vida nueva! Pero van pasando los meses, los años, y continúan por el mismo camino de siempre. ¿Por qué? Por los miedos. Sí, son personas que nacieron para echar raíces, para ser montaña..., no para dejarse crecer las alas y volar cuando la situación lo requiera. Tienen pánico a correr riesgos, a encontrarse con lo inesperado... Protestan. Se amargan. Se conforman. No son capaces de romper con la vida frustrante, infausta, que cada día arrastran. Están erróneamente convencidos de que todo permanece, de que nada fluye... Personas en crisis. Vidas apagadas. La libertad siempre es problemática. El conformismo protege, evita riesgos, no garantiza la estabilidad emocional, pero es preferible a una revolución personal total. Estos individuos carecen de esa claridad sumamente necesaria para saber lo que de verdad quieren y de ese coraje inquebrantable y perseverante que precisan para cambiar ellos mismos y, por ende, de abrir un camino nuevo a su vida. Deseos y acciones van en direcciones contrarias. Estas personas se dejan llevar por la corriente de una vida más o menos acomodada, aunque falaz y desalentada y monótona, pero sin esas decepciones y desilusiones y sufrimientos..., que padecen los que persiguen realizar un deseo vital. Adversidades estas que pasan rápidamente sin dejar huellas. Reveses que una vez superados dan paso al tiempo de la esperanza y de las motivaciones, de la complacencia y de la paz con uno mismo... Por ello, “es inconcebible un cambio o revolución, refiere Cortázar, que no desemboque en la alegría”.

    Obviamente, el hombre necesita de la voluntad para que su deseo de cambio se realice. Cuando esta facultad humana, que permite decidir y ordenar la propia conducta del individuo, falta o tiene escasa consistencia, no puede la persona dar ese nuevo paso en su vida, porque carece de uno de los más importantes apoyos. Voluntad y fe en la vida, concebida como entusiasmo, son dos pilares básicos para comenzar una nueva etapa.

     

     

     

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