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    La indiferencia


    Hay muchas agresiones psicológicas entre dos o más personas. Una de ella es la indiferencia. Esta consiste en transformar a alguien en intangible, es anularlo emocionalmente y vetar su necesidad de conexión social para llevarlo a un limbo de auténtico vacío y sufrimiento. Dicha práctica abunda en exceso en muchos de nuestros contextos: la vemos en centros de enseñanza, en relaciones de pareja, familia e incluso entre grupos de amigos.

                Ciertamente, en la indiferencia hay falta de comunicación, evitación, hacer el vacío de forma expresa, frialdad de trato… El efecto de la indiferencia es siempre el mismo: dolor y sufrimiento. “Lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia, refiere Elie Wiesel. Lo contrario de la belleza no es la fealdad, es la indiferencia. A su vez, lo contrario de la fe no es herejía, es la indiferencia. Y lo contrario de la vida no es la muerte, sino la indiferencia entre la vida y la muerte”. La indiferencia indica falta de interés, de preocupación, de nulidad de sentimientos positivos., por lo que es sumamente traumático para la persona que sufre la indiferencia.

                Esta desafección o distanciamiento impide a la persona comunicarse, ser aceptado, valorado y estimado. Por consiguiente, pierde su autoestima y su identidad. La indiferencia origina una fuerte tensión emocional, y a quien percibe esta actitud fría, le provoca ansiedad, estrés, desasosiego…

                Asimismo, la indiferencia detiene la máquina de acción y de reacción. Cada vez que actúa una persona de una cierta forma, espera que la otra persona reaccione, tal y como ella procede. Si no responde de la manera esperada, la comunicación entre ambas es imposible. Según esta forma de actuar, la confunde y la abisma en un estado de suma preocupación y sufrimiento.

                En los periodos de formación de la personalidad, esta indiferencia afecta inmensa y profundamente en la autoimagen. La persona, que padece indiferencia en estas etapas, tiene una fortísima inseguridad y, además, si percibe silencios, vacíos, frialdad, despreocupación… es consciente de que ya no es amada, apreciada, precisa.

                Es evidente que nadie merece vivir en la indiferencia, ni sentirse invisible en ningún estrato social (hogar, trabajo, amigos, etc.). Ella es una forma de maltrato, que genera sufrimiento, angustia y dolor, que trasciende las emociones e incluso daña al cuerpo. “Que hablen de uno es espantoso, manifiesta Óscar Wilde. Pero hay algo peor: que no hablen”.

                A la persona, que sufre la indiferencia, le urge demoler los muros de este ultraje, renunciar a tener relaciones con las personas que procrean este desdén y buscar la proximidad con otras, para quienes sea estimado y visible, importante y valorado.

     

     

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