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El Copo. La noche más buena


Sé que el progreso se impone en forma de productos congelados de un color rosa suave, desplazando de las cocinas el aroma de un buen pavo o un mal pollo de la posguerra por la nada, pero yo, por una noche, la más buena, vuelvo a las raíces y llevo de mi mano a los míos sin posibilidad de escape. Se lo tengo dicho: “si no hay zambomba, estrellas y portal os desheredo.

         Hoy es la más “buena de todas las noches que podamos vivir”. Unos, los menos, por fe; y otros por querer ser. Siempre existe quien pide más y nos dice que Navidad es todos los días. Seguro que sí, pero yo me conformo con uno. Si hay dos, mejor que mejor, pero si al menos durante veinticuatro horas nuestro corazón deja de ser de “piedra” y se convierte en carne que late, sabremos gozar de ser humanos, no más, sencilla y grandiosamente humanos.

         Siempre canto el mismo villancico. Después echo el resto entre tangos y corridos mexicanos, pero aquel que aprendí entre las grietas de los pezones de mi madre, la señora Antonia, no hay un “progre” que me lo birle: “Por los caminos del cielo/ se pasea una doncella/ se llamaba Encarnación/ porque Dios se encarnó en ella”.

         Por la paz que es algo más delicado que la tediosa tranquilidad, por la paz que desprenden la libertad y la tolerancia. Por la paz que se perpetúa en la sonrisa y no en la soez carcajada. Por la paz en la que creo, aquella que proviene de la mano de la justicia. Por la paz, brindo.

         Es Navidad, la noche más buena.

Alzo el anís, suene el pandero. Felicidad es el nombre. Que a todos nos cubra.

 

 

 

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