• OMIC Alhaurín de la Torre
  • Publicidad

    Cuando una separación no es una separación. No pasar página


                Las rupturas, en muchas ocasiones, se producen no sin dolor por ambas partes. Ir dejando atrás esa relación, los lazos que les mantenían unidos, requieren de un gasto energético y de una capacidad de sustitución.

                Vivir, desde que nacemos, está articulado en las separación: tanto de la función madre como de nosotros mismos para poder desarrollarnos. Vemos que hay relaciones que tienen serias dificultades para hacerlo, convirtiéndose en un cruce de acusaciones y reproches. Pueden llegar a odiarse durante toda la vida.

                 Cuando hay hijos de por medio hay que tener en cuenta que, aunque ya no haya una relación sentimental, de pareja, ha de haber una relación cordial donde  poder llegar a acuerdos  por el bien de los hijos y donde poder ofrecerles un marco de estabilidad y seguridad. Aunque ya no exista la pareja, sí que siguen estando los progenitores. Utilizar a los hijos como moneda de cambio para hacer daño al cónyuge y hacer competencia con el otro, es algo que, desgraciadamente, ocurre.

                La cuestión económica encubre venganzas hacia la expareja, al igual que la lucha por la custodia de los hijos. Cuando no se pueden llegar a acuerdos es porque ya  no se está mirando por el bien de los mismos, sino dejándose llevar por una batalla de afectos enquistados que necesitan de la regulación de una ética y una ley. Una escucha profesional donde puedan ayudarle a drenar afectos y a transformar el cauce de los mismos, es de máxima ayuda en estos casos. Hay personas que dedican su infelicidad al otro, porque de manera indirecta es como si los fastidiaran, y más cuando hay un vínculo donde los hijos son esa fina linea. 

                Hay relaciones que se convierten en una auténtica trama de venganzas, situaciones rocambolescas que ponen en juego el narcisismo, la hostilidad, los celos, la envidia... La agresividad puede aparecer en forma solapada, con la pasividad del silencio, donde se establecen muros en los que darse de bruces.

                Relaciones donde el odio sigue uniendo a esas personas, es indicativo de no poder pasar página. Puede ocultar un amor y un deseo encubiertos, transformando esos afectos en lo contrario. Aún esa relación amorosa está en el presente, pero en la forma en que pueden salir a la luz esos afectos: odiando.  Además, se aprovecha cualquier cosa que esté incluso en el orden de lo razonable para mostrar esa cuestiones reprimidas.

                Cuando una persona no es sustituible y aún permanece ligada en forma de odio, habría que pensar qué significa esa relación para esa persona. Cuando no podemos sustituir a una persona por otra, hay que sospechar que esa relación puede tener hondas raíces en relaciones inconscientes con alguna figura familiar (padre, madre) donde se permanece enganchado a espectros inconscientes y donde la palabra y el lugar del otro están anulados. Puede estar actuando una novela familiar, donde se hacen realidad ciertas tendencias.

                Del pasado no se puede vivir. Y lo que uno recuerda de lo que pasó no es lo que pasó. Una relación es cosa de dos, hay que ver la implicación de cada uno de los miembros en la producción de la misma.  Aceptar que las relaciones se han producido de esa forma es también aceptar que a veces el deseo toma formas inusitadas y ya toca otra cosa. Si dos más dos son cuatro, y no se acepta, se puede llegar a producir una fantasía paralela, donde se utiliza cada señal para seguir anclado.  Ha sido vuestra forma de amar, pero hay que aprovechar esto para aprender y crecer.  A través de las relaciones es que vemos cómo se ama, como se construyen esos finales.

    No hacer como dos niños en un cuerpo de adulto, porque los daños colaterales pueden ser mayores, sobre todo para con los hijos, que son los que pagan los platos rotos.

           Darse otra oportunidad para producir unas relaciones más sanas. Al pasado ya no se puede volver y no podéis hacer de eso, vuestro presente.  La responsabilidad y la madurez psíquica han de abrir paso a nuevas formas de amar y de conversar. Los juzgados están colapsados por esa incapacidad de llegar a acuerdos. Mejor aprender a amar y a conversar, no dejar que los afectos infantiles reprimidos pongan la zancadilla al bienestar y a la salud emocional.

    Laura López Psicoanalista Grupo Cero

    y terapeuta de parejas.

     

     

    Comentarios
      No hay comentarios
    Añadir comentario
    - campo obligatorio (*)

    Normas de uso
    • Esta es la opinión de los internautas, no de El Faro de Málaga
    • No está permitido verter comentarios contrarios a las leyes españolas o injuriantes.
    • Reservado el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.