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    Demasiadas acciones erróneas


    La insensatez y la apatía avanzan de forma imparable en especial por el mundo occidental, y “los núcleos de tales problemas, dice Kafka, no es otro que la absoluta impotencia del individuo frente a la máquina del poder”. Son los líderes políticos de los distintos países los que tienen el deber de luchar denodadamente para que los frutos del progreso no se agusanen. Son ellos, los que manejan la máquina del poder, los que han de aniquilar esa plaga de gusanos, que nos acosa por doquier, marcándose como objetivo primordial el cuido esmerado de esos frutos para que se desarrollen y maduren totalmente sanos. Es decir, el hombre y la mujer de hoy anhelan un progreso humano, un progreso que tenga su origen y su hilo conductor en la igualdad y en la solidaridad, en la integración y en el respeto, en la paz y en la libertad... Obviamente, va por mal camino el progreso que acrecienta las desigualdades de todo tipo, así como el político prepotente que atenta contra los derechos fundamentales del hombre, precisamente en el sector humano más paupérrimo y desprotegido.

    Aquellas personas que sufren las calamidades del paro, del hambre, de la miseria en general... no se conforman. Yo que no padezco ninguna de estas lacras sociales me rebelo contra los que las permiten.  Por consiguiente, a estos gobernantes permisivos les grito: “¡Qué control podemos pedirles, qué leyes u órdenes queremos que obedezcan aquellos hombres y mujeres que ven a sus hijos dormir con el estómago vacío y sobre un lecho de cardos y grava!”.

    Los pueblos están hartos, muy hartos de escuchar cómo mienten descaradamente sus políticos. El paro y la inseguridad laboral están ahí. El hambre y la pobreza también están ahí, a la vuelta de la esquina. Quienes tienen hijos, bien saben que albergan y nutren en sus adentros la única luz de las alegrías y todas las tinieblas de los miedos que pululan sobre el planeta. Y aquel que ve cómo sus hijos pasan hambre, la suya le importa menos, no se detiene ante nada ni ante nadie, ni siquiera ante la muerte. “El estómago hambriento, dice La Fontaine, no tiene oídos”. ¡Déjense los políticos de demagogias y de trivialidades, de derechas y de izquierdas, de ambición de poder y de votos... y aglutinen sus energías políticas para erradicar, en el mundo, la pobreza y el hambre, las desigualdades y las guerras, el despotismo y la incultura..., es decir, todo aquello que influye en el desmantelamiento total o parcial del estado del bienestar!

    Actualmente, nos referimos, en demasiadas ocasiones, al llamado “estado del bienestar”, pero cómo definirlo. El “estado del bienestar” son todas aquellas actuaciones realizadas por el Estado, tanto a nivel local como autonómico o central, que tienen por objetivo mejorar el bienestar o calidad de vida de la ciudadanía. Dicho “estado” está sostenido por cuatro pilares: la lucha antipobreza, la sanidad, la educación y todo cuanto incluye la “ley de dependencia”.

    Es evidente que, si nuestros gobernantes deterioran o destruyen estos pilares fundamentales del estado de bienestar, están llevando a cabo una serie de acciones erróneas, que afectará directa y perniciosamente a todos los estamentos de la sociedad en especial a los inferiores y medianos, ya que siempre son estos los más perjudicados.

     

     

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