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    La vendedora tradicional


    Su tarja no sólo le servía para marcar lo que vendía fiado a sus clientes. También le servía de escudo protector, pues, si alguien entraba en la tienda con aviesas intenciones, no dudaba en levantar el palo de los apuntes de su soporte y amenazar con emplearlo como azote. Para ella, aquel escudo era tan valioso que ni siquiera lo cambió por el moderno equipo informático que sus hijos trataron de instalarle con una aplicación apropiada, intuitiva y eficaz.

    -Estoy ya vieja para semejantes modernuras -afirmó con rotundidad.

    -Mamá, sólo una minoría como tú se resiste al progreso.

    -Aquí en el pueblo, no es necesaria tanta pamplina moderna. Yo conozco muy bien a cada uno de mis clientes, mujeres u hombres.

    -Los representantes llegan todos con sus tabletas y te enseñan las fotos de los productos que venden.

    -Antes venían con un cuaderno de fotos o con listados de todo lo que ya se conocía. Y vendían lo que me era necesario comprar, ni más ni menos. Que vengan ahora con esos chismes electrónicos que llamáis tabletas, no añade nada a lo que nos interesa: a ellos vender, a mí, comprar para vender después.

    Los hijos cedieron en su empeño y ella continuó cuidado su negocio como ya lo hiciera su madre y la madre de su madre y la madre de la madre de su madre: apuntando lo fiado en una tarja y tachando la marca cuando el cliente pagaba.

     

     

     

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