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La otra mirada. La gamberrada de Dani Mateo


En el Capítulo LVIII del Quijote leemos: “—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida”.

Desde que tengo uso de razón he tenido a la libertad como el más elevado patrimonio que, de manera individual y colectiva, podemos disfrutar los seres humanos. Pensar, dialogar, expresarte, incluso contradecirte en y desde la libertad, es el mayor de los tesoros que cualquier sociedad civilizada puede alcanzar. Por ello soy, absolutamente contrario, a cualquier ley, norma o conducta que venga a castrar el derecho a la libertad de pensamiento, opinión y expresión que reiteradamente invoca la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU y nuestra propia Constitución. 

Pero llega un momento en que, ante tanta estulticia derramada por raperos de baja estofa, titiriteros devenidos en filósofos o artistas que a lo más que aspiran es a hacer pintadas provocativas o desnudarse en un templo, a uno le dan ganas de emigrar de planeta.

La última gamberrada ha sido la realizada por Dani Mateo al limpiarse los mocos en la bandera de España, durante uno de sus desafortunados sketchs.

Existen verdades objetivas: una bandera no deja de ser un trapo que venden los chinos, una Virgen no es más que yeso policromado o un Corán es una amalgama de celulosa y lignina sobre la que se escriben suras y aleyas, como se podría haber escribo la lista de la compra.

Pero, más allá de ese acotada observación, que nos devolvería a nuestros ancestros, los simios, lo que nos hizo abandonar las cavernas fue la capacidad de establecer, a partir de la objetividad un conjunto de subjetividades: experimentar y sentir, para interpretar la realidad. Y es ahí, cuando un colectivo puede llegar a verse filiado desde un trapo o un himno, con una tradición histórica que le vincula identitariamente, a través de la imaginería religiosa, con un profundo sentimiento de trascendencia o durante la lectura de un libro sagrado, con una manera de afrontar la vida.      

Causar un dolor innecesario mediante gamberradas de mal gusto, no eleva el nivel profesional de ningún artista; al contrario, degrada su talento y le hace bucear en las cloacas de lo chocarrero. El estéril daño que inflige esa tropa de individuos, meándose en Vírgenes, quemando estampas de la realeza o limpiándose los mocos en las banderas, a pesar de su derecho a la libertad de expresión, no deja de ser una especie de trauma infantil, incapaz de no seguir excitándose al escuchar el “caca-culo-pedo-pis” de Los Punkitos. 

El respeto hacia las subjetividades que habitan en los demás, desde una mirada apreciativa, debería de ser el lenitivo con el que lubricar la libertad de expresión.

 

 

 

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