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El Copo. Un día cualquiera de navidad


En pleno corazón de estas fiestas, llegó nuestra hija para acompañarnos en “la noche más buena de todas las noches”; y lo hizo con sus dos chihuahuas -Rambo y Ginebra- que, por cierto, alborotan lo suyo: lo que es de agradecer en este pequeño hogar repleto de silencio y cariño.

         Del trío de día que ha enternecido un poco más este par de ancianos corazones, uno de ellos se arremangó e insinuó esta noche vamos a salir para ver el alumbrado de Larios, la calle más coqueta de Europa.

         Que sí, que no, que ya no estoy para eso, que no puedo casi andar, etc. En fin, que no hubo forma de convencer a la chiquilla; de manera y forma que nos abrigamos -yo me puse los zapatos más viejos, ya saben- y juntos a los dos caninos comenzamos a andar, más o menos, el par de kilómetros que entre ida y vuelta pueda existir entre el reinado del silencio y la algarabía de la muchedumbre calle arriba, calle abajo paseando -entre achuchones- por el asfalto de la céntrica vía malagueña.

         Habían “caído cuatro gotas”, las suficientes para que el asfalto estuviese mojado por lo que anduve con sumo cuidado no fuese a dar con los ciento ochenta y dos centímetros por los suelos; los perritos iban gozando de lo lindo al tiempo que marcaban su territorio.

         Llegamos a Larios y di gracias, lógicamente en silencio, a nuestra “niñadiós” por haber conseguido que mis ojos se alegraran con un gentío que caminaba disparando fotos sin parar; nos acomodamos en uno de los bancos de frío mármol los cinco, encendí un cigarrillo ganado a pulso y exhalé volutas de humo condensadas por la humedad.

         Una buena mayoría de los que paseaban se detenían ante nosotros para acariciar a Ginebra y Rambo; nos faltó poner el platillo para recoger algún que otro euro.

         “Papi: ¿cogemos un taxi para regresar a casa?”. La observé con infinito cariño y le dije: “No, me la juego”.

         De manera que regresamos sin prisas, pero manteniendo el tipo. Fui feliz, fuimos felices en la inmensa aventura.

         Qué poco necesita el ser humano, pensé. Tal vez con tener una hija, dos pequeñísimos chihuahuas y una gran “pastora” sea suficiente.

 

www.josegarciaperez.es

 

 

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