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El Copo. Ensoñaciones (I)


La tarde, sentado en la anciana butaca donde la madre amortiguaba sus dolores con el leve balanceo y la mirada incrustada en la mar de sus mayores, pasaba en un estallido de quietud; solamente el joven ficus que asomaba sus ojos a la eucarística terraza intentaba penetrar con su verde mirada el santuario de mi conciencia.

         Pasaba el tiempo pensando en esta frase de Pessoa: “Entre mí y la vida hay un cristal tenue. Por más claramente que vea y comprenda la vida, no puedo tocarla.

         Escuché en el peso de la tarde el dolor de un gemido. A la sombra del ficus, un perrito abandonado por sus “amos” entristecía con su mirada los ojos de un pequeño niño que rozaba sus limpios y rubios cabellos con las sucias vedejas de una “lana” que debió ser blanca en sus orígenes.

         Jamás sabré, en aquel agrupamiento de ternura y misericordia, quien anunció el dolor a la tarde.

         Caminé en la noche hasta la playa de la “Casita azul” donde su fina arena parecía otorgarle una alfombra de albura.

         Me situé muy próximo a la tenue algarabía de salpiques de espumas; mi desnudo cuerpo recibió el frescor de algunos copos perdidos.

         Localicé en la negra noche mis estrellas preferidas: Antares, Altair y Spica que permanecían ociosas. Las miré con el amor de aquel que sabe que las noches son más seguras con su permanente y bella presencia.

Continuará

 

www.josegarciaperez.es

 

 

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