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El Copo. La Virgen del Carmen


Tan sólo se es libre ante la posibilidad de optar. Cuando me he sentado esta madrugada en la terraza para teclear algo que pueda interesar a usted, he tenido que optar entre hacerlo sobre el pesado debate de la “Republica de Cataluña” y su posible referéndum a celebrar el día 1º Octubre, fiesta denominada hace años “Día del Caudillo”, o apuntar mínimos detalles sobre la Virgen del Carmen.

     Al leer el título de este “copo” tienen clarísimo que un servidor de ustedes ha optado por la “fe del carbonerillo”, dejando para otro día, tal vez mañana o el día del “juicio final”, el entrar en el juego de descubrir la mascarada de sabotear la unidad de España.

     Me lo decía la señora Antonia, mi muy querida madre que me concibió tal como soy y que, por más que muchos no lo deseen, seguiré siendo; es ese “tatuaje de leche”, menos llamativo que el de Sergio Ramos, pero bastante más eficaz y perecedero hecho vida desde sus pezones; ya ven que todavía porto alrededor de mi cuello aquella bendita medalla de la Virgen del Carmen.

     Siendo una mujer de mucho carácter, ella tenía debilidad por su Virgen particular, la de los pescadores. No creía en cualquier Virgen, sino en la del Carmen, aquella que salvaba, según me contaba en aquella sagrada terraza, a sus abuelos y padres de las tarascadas de la mar en las almadrabas de La Higuerita o por mares de Tarifa.

     La Virgen del Carmen -bonito nombre tiene mi nieta- es propiedad exclusiva de “Real Cuerpo de Pescadores” y, si me apuran mucho, de los pecadores, por más que los políticos -siempre los políticos, ¡ay Dios que yo también lo he sido!- se quieran apropiar de ella y de todo.

     “La del Carmen”, más importante que Leo, Cristiano, los suyos y a una distancia infinita de la casta política, simboliza y pone a flor de piel el misterio de la fe encarnada en una imagen, que con sabor a salitre, ha sido oreada por vientos de levante y poniente.

     No me sé explicar como yo quisiera, pero tengo la sana impresión que ustedes me comprenden o, al menos, lo desearían. Y es que estas pequeñeces tan sólo son inteligibles para aquellos que pasaron su infancia entra el susurro de mares y nanas marineras. www.josegarciaperez.es

 

 

 

 

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