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El Copo. La vuelta de Juan el de Cartajima (y III)


Han sido tantos y tan variados los consejos recibidos por mi amigo Juan a lo largo de mi vida que será imposible narrarlos todos. Y el detalle es que todos ellos, unos más y otros menos, creía haberlos escuchados, una y otra vez por mí; algo así como si una voz interior hubiese sido el eco de todas sus insinuaciones, incrustadas en mí desde tiempos inmemoriales.

                Por resumir, lo que vino a decirme es que me seguía leyendo y que le agradaba muy poco lo escribía, pues, según él, había perdido la frescura de la ironía y el latiguillo que hace años usaba; no es que tuviera que volver a esos parámetros, sino tenía que dar una vuelta de tornillo para volver a ser criticado y temido por los que ostentan poder.

                Vuelvo la vista atrás, más o menos a unos quince años, y creo que Juan lleva una gran parte de razón, pues me he sentado en la cómoda postura de que gente buena me tilde de “maestro” -el que enseña- y, sin embargo, han desaparecido los epítetos con los que era conocido hace tiempo, algo así como un “maldito” a abatir por la oficialidad del poder.

                Y es que en realidad nada se consigue, si es que la vida tiene por finalidad la consecución de algo, aportando palabras sin chicha a la honda estupidez que nos rodea y lisonjeando a izquierda y derecha para terminar la existencia en las crueles manos de la indiferencia, de la nada.

                Por ello, me propongo en este par de años que pueden quedarme de vida fértil volver a ser “yo” y sentir en mis espaldas el dedo índice del poder que acusa cuando me cruce con él, con el poder, en cualquier paseo vespertino camino de la noche.

                Intentaré llamar al pan, pan y al vino, vino.

 

www.josegarciaperez.es

 

 

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