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El Copo. Del vino Jumilla y berberechos


Antier, veintisiete de abril de dos mil diecisiete, hizo sesenta y cinco años que conocí a una chavala quinceañera de cabello ensortijado, fina cintura, de cara graciosilla e insinuante mirada que me hizo tilín; dicho hecho ocurrió en el año mil novecientos cincuenta y dos del siglo veinte.

         Día a día fui estrechando mi cerco ante aquella filigrana de guayabo que no eludía mi presencia; estimé, pasado un par de meses, que había llegado el momento oportuno para hacer mi declaración de amor y ofrecerle ser mi novia formal, de lo que se puede deducir que las había informales.

         Aceptó mi proposición y, con algún que otro problema -la sal de la vida- hemos recorrido unidos sesenta y cinco años de existencia y vida. Se lo recordé ayer y decidimos celebrarlo en un típico restaurante malagueño cercano a nuestro hogar y de nombre Papulinos donde dimos cuenta de algunas delicias cárnicas, aunque nada como una magnífica y suculenta papa al horno que preparan de forma exquisita.

         Sin embargo, ella -la “pastora”- y yo, en aquellos tiempos del pasado siglo, celebrábamos a diario nuestro pequeño e íntimo “botellón” consistente en bebernos, sentados en el escalón de portal, un cuarto y mitad de vino jumilla, aliñado con sifón, y devorar una lata de ricos berberechos que ella sustraía de la tienda de comestibles de sus padres.

         Éramos dos adolescentes que nos “peleábamos” por sorber, latilla en ristre, el sabroso líquido que reposaba en el fondo de la lata de berberechos; había veces que nos lo jugábamos a cara o cruz, pero ganase quien ganase siempre lo compartíamos.

         Después, fortalecidos por nuestro exquisito manjar, jugábamos con las manos a palpar con delicadeza nuestros cuerpos y a besar sin prisa alguna nuestros labios.

         He querido volver la vista atrás porque a nuestra edad ya no cabe lo de convertirnos en estatua de sal, sino vivir dos veces  al poder disfrutar de la vida pasada.

 

www.josegarciaperez.es

 

 

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