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Villanova reivindica en el Día de la Constitución Española el legado de “respeto, consenso y convivencia” de la Transición


del Día de la Constitución en la plaza del Ayuntamiento “el legado de respeto, consenso y convivencia” de la Transición y ha destacado que el actual “modelo de convivencia”, emanado del Pacto de todas las fuerzas políticas que fue aprobado por todos los españoles hace ahora 38 años, sigue “plenamente vigente” y es un “marco válido y un referente para salir de la crisis”, aunque sea “retocando lo que haya que retocar, pero sin afectar a la igualdad” de todos los ciudadanos y ciudadanas del país.

Villanova ha hecho una decidida defensa de la Constitución Española durante su discurso, la cual, como ha recordado, “es una de las constituciones más avanzadas del mundo occidental”, en una época en la que “muchos quieren relativizar el valor y el alcance de lo que significó aquel 6 de diciembre de 1978”. El regidor alhaurino ha pronunciado estas palabras en el tradicional acto de celebración, donde se han dado cita la mayoría de concejales de la Corporación Municipal, así como autoridades y representantes de Policía Local, Guardia Civil, Bomberos, Protección Civil, Centro Penitenciario y jueza de paz, junto con miembros de asociaciones y colectivos y vecinos en general.

Como es costumbre, la ceremonia se ha iniciado con la actuación de la Banda Municipal de Música, que ha interpretado varias piezas clásicas y el himno nacional, durante el izado de las banderas. Posteriormente, el regidor ha iniciado su alocución, en la que ha agradecido el papel de los creadores de la Constitución, quienes supieron actuar “por encima de los intereses de cada grupo político, siempre en pro de la colectividad”. “Gozamos de un orden constitucional avanzado, generoso, universal y que garantiza la igualdad de derechos y libertades en todo el territorio español, que ha traído las máximas cotas de prosperidad y avance social nunca antes conocidas en nuestro país. Cuestionar todo esto no sería justo ni lógico”, ha reseñado Joaquín Villanova, que ha insistido en la “plena vigencia” del actual orden constitucional para afrontar “los grandes retos y desafíos de esta España del siglo XXI”.

“Apelar al espíritu  de la Transición y de la Constitución Española, a la fraternidad, la igualdad y los derechos y libertades de toda la ciudadanía resulta muy saludable y sensato en los tiempos que corren para no desenfocar en exceso el objetivo que todos tenemos en común”, ha destacado, al tiempo que se ha referido a “la posibilidad de tender puentes y abrir vías de diálogo” para avanzar en determinadas cuestiones de autogobierno, pero siempre “desde un primas de consenso de las fuerzas políticas y en el entorno parlamentario nacional”. “Apostar por el diálogo es apostar por el futuro de España y de su ciudadanía, sin cruzar líneas rojas, pero también sin cerrar puertas”, ha dicho el primer edil, quien ha situado como prioridad “seguir creciendo en la generación de empleo”, algo “indispensable” para aumentar la confianza de los españoles, reforzar su dignidad y avanzar en el desarrollo del país”.

A continuación, reproducimos el texto íntegro del discurso:

DISCURSO ALCALDE DE ALHAURÍN DE LA TORRE POR EL DÍA DE LA CONSTITUCIÓN. 6 DE DICIEMBRE DE 201 

Ilustrísimos Señores Concejales y Señoras Concejalas del Excmo. Ayuntamiento de Alhaurín de la Torre; Ilmos. Hijos Adoptivos y Predilectos de Alhaurín de la Torre; Ilmo. Sr. Director del Centro Penitenciario de Alhaurín de la Torre; Ilmo. Sra. Jueza de Paz; Ilustrísimas autoridades y representantes de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado; representantes de asociaciones, peñas, cofradías y colectivos de Alhaurín de la Torre; Pueblo de Alhaurín de la Torre; ciudadanos y ciudadanas, señoras y señores:

Celebramos otro 6 de diciembre, y ya son 38 años, para conmemorar la llegada de la Constitución, que inauguraba en 1978 una nueva e ilusionante época para España. Y nuevamente lo hacemos aquí, en la plaza del Ayuntamiento, centro neurálgico de la Democracia Local, para rendir un tributo conjunto a la aprobación, por parte de todos los españoles, de la Carta Magna de 1978. Parece que no, pero han pasado muchos años, toda una generación, desde que se iniciara la era de mayor libertad y prosperidad de nuestra historia contemporánea.

Actos como el de hoy resultan imprescindibles, y más que nunca ahora, como manifestación de recuerdo a una de las Constituciones más avanzadas del mundo Occidental, por si acaso a alguno se le había olvidado, voluntariamente o no.

En una época en la que muchos quieren relativizar el valor y el alcance de lo que significó aquel 6 de diciembre de 1978; en la que algunos ponen en cuestión el papel decisivo de aquella generación de políticos; en la que se levantan voces contra los pilares del orden democrático y constitucional erigido en unos años tan difíciles como apasionantes, es importante saber echar una amplia mirada hacia atrás y comprender el contexto en que nació la Constitución, con objetividad, con distancia y, sobre todo, con naturalidad, sin sobreactuaciones.

La mejor forma de homenajear y reivindicar aquel momento histórico es apelar al agradecimiento que sentimos por sus creadores, quienes eran conscientes de que la normalización de la convivencia democrática entre todos los españoles habría de ser los principios básicos del texto, por encima de los intereses de cada grupo político, siempre en pro de la colectividad.

Hay quienes aducen, simplemente porque está de moda cuestionarlo todo, que la Transición fue incompleta y apostó por un modelo, el de la Monarquía Parlamentaria, que debe ser revisado en su totalidad. Y yo lo que digo es que, si bien no existe transición perfecta, en ningún país democrático del mundo, sí podemos presumir de que el esfuerzo y la generosidad de los llamados Padres de la Constitución y la altura de miras del pueblo español que la respaldó con su voto, nos han proporcionado el periodo más largo de paz, progreso y convivencia en Democracia que nunca antes tuvo España.

De lo que no hay ninguna duda es de que millones de españoles dijeron SÍ a esta Constitución aún vigente, y dijeron SÍ a los derechos inalienables que contenía, hoy suficientemente desarrollados por las leyes, como colofón a una etapa que cambió la oscuridad por la esperanza y cambió el temor a lo desconocido por confianza y autoestima de todo un pueblo.

Y eso, señoras y señores, no se puede borrar de un plumazo ni olvidar. No nos podemos permitir el lujo de olvidar. Gozamos de un orden constitucional avanzado, generoso, universal y que garantiza la igualdad de derechos y libertades en todo el territorio español, que ha traído las máximas cotas de prosperidad y avance social nunca antes conocidas en nuestro país. Cuestionar todo esto no sería justo ni lógico. 

Los que elevan la voz contra el sistema constitucional, contra la Corona, contra la articulación del Estado descentralizado en Comunidades Autónomas, etcétera, deberían entender que todos estos mecanismos nos han hecho crecer juntos en Democracia y crecer como país, plenamente integrado y con protagonismo en Europa y en el mundo entero.

Soy de los que piensa que cuando algo funciona, no necesita cambios en profundidad, sino solo retoques y pequeñas correcciones en caso de que éstos sean necesarios para actualizarlo a la sociedad de hoy en día. No estoy diciendo que la Constitución sea inamovible, en absoluto.

Pero sí que reivindico su plena vigencia y su valía para afrontar los grandes retos y desafíos de la España de este siglo XXI o, por lo menos, como base para seguir funcionando correctamente.

En 1978, en una España convulsa, desconcertada y atrasada en múltiples aspectos, no hizo falta ninguna revolución ni rupturismo para ser capaces de entendernos y avanzar. Hoy, a finales de 2016, nos enfrentamos a realidades distintas y a problemas diferentes y por eso cualquier decisión en torno a cambios constitucionales o de nuestro sistema político-administrativo debe pasar por el máximo consenso posible, dentro de un cauce de reformas sensatas y no disparatadas y arriesgadas.

Somos plenamente conscientes de que la política y la imagen de los políticos en nuestro país no pasan por sus mejores momentos. Pero no es la Constitución la culpable, ni lo es el Rey ni lo es la unidad de España. Al menos, eso pienso yo.

Seguramente estaremos de acuerdo todos en que hay fenómenos que no nos gustan y que no han gustado a la ciudadanía. La corrupción y el desprestigio no son algo generalizado en toda la clase política, ni por supuesto corroe las instituciones democráticas, como algunos maliciosamente quieren hacer ver. La corrupción política sigue siendo algo afortunadamente minoritario y existen mecanismos legales para perseguir, aislar y arrinconar a sus causantes.

Pero insisto: la corrupción no puede ser la excusa para propiciar la ruptura de las reglas de juego democráticas. Tampoco la grave crisis económica que hemos sufrido y de la que poco a poco estamos saliendo, gracias a las medidas correctoras que este Gobierno ha venido impulsando y gracias al sacrificio y esfuerzo de todos los españoles. Y tampoco se puede ir por la vida, como antes dije, cuestionándolo todo en España, como haciendo ver que nada de lo conseguido hasta ahora tiene valor.

Con estas palabras trato de reivindicar que el mensaje y las estructuras que empezaron a construirse en 1978 pueden y deben seguir siendo perfectamente vigentes. Apelar al espíritu  de la Transición y de la Constitución Española, a la fraternidad, la igualdad y los derechos y libertades de toda la ciudadanía resulta muy saludable y sensato en los tiempos que corren para no desenfocar en exceso el objetivo que todos tenemos en común.

Un gran ejemplo de esto que digo lo hemos vivido en los últimos 12 meses. La falta de acuerdo político tras dos periodos electorales consecutivos ha sido un hecho palpable. La ciudadanía ha querido que el Parlamento se fragmente y ha lanzado un mensaje claro y rotundo de que los políticos tenemos que entendernos, dialogar y llegar a acuerdos de mínimos para seguir haciendo país y no quedar lastrados en nuestro desarrollo como estado miembro de la Unión Europea.

Pero lejos de propiciar ese entendimiento, algunas formaciones políticas han apostado por el riesgo, diciendo a todo que no y demostrando que no tienen un proyecto para el país en su conjunto, sino solo la proyección personal y egoísta, oculta tras unos supuestos postulados políticos de regeneración.

A ese factor han contribuido otras formaciones políticas más pendientes de romper con España y de enfrentar a unos territorios con otros, dentro y fuera de su propia comunidad, que de lograr un clima de consenso, concordia y respeto mutuo. A este grupo de irresponsables que solo quieren 'desconexión o nada' hay que advertirles de nuevo que la Constitución está por encima como norma máxima del Estado, y que el imperio de la ley garantiza la igualdad de todos y todas, sin privilegios, porque las normas no se pueden incumplir a capricho de si es oportuno políticamente o no.

El Estado tiene mecanismos suficientes para hacer cumplir las leyes e incluso de hacer pagar a quienes las incumplan pero, antes que eso, España ha demostrado ser muy solidaria, generosa y consciente de las necesidades de esos territorios que de pronto han abierto el melón de la independencia a toda costa y con declaraciones de tipo unilateral, demostrando estar muy fuera de la realidad y de lo que desea una amplísima mayoría de españoles.

No nos parece justo que egoístamente quieran separarse buscando para ello la confrontación fácil y la ruptura de su propia sociedad en bloques irreconciliables, escenificando una pantomima de imposible encaje constitucional. De esos políticos esperamos capacidad de diálogo y ganas de entenderse, algo que el Gobierno y el Estado ofrecen cada día, sin obtener como respuesta más que el desprecio, la desconfianza y una serie de condiciones previas que no se pueden tolerar. El marco constitucional y el ordenamiento jurídico español, afortunadamente, abren la posibilidad de tender puentes y establecer vías de diálogo para avanzar en cuestiones de autogobierno, desde un prisma de consenso de las fuerzas políticas y en el entorno parlamentario nacional.

Por suerte, y esto es una buena noticia, una gran mayoría parlamentaria ha sido capaz de dar un paso decidido hacia el entendimiento, dentro de sus diferencias ideológicas, pero con la vista puesta en la defensa de los intereses de toda la ciudadanía. El mensaje surgido de las urnas, por dos veces, dibujaba un panorama de fragmentación de los escaños del Congreso, pero también dejó suficiente fuerza a las formaciones políticas más cercanas al constitucionalismo actualmente vigente para que dialogaran y permitieran la gobernabilidad del país al partido más votado en ambas ocasiones.

Esa generosidad demuestra un cambio de talante y unas miras más elevadas frente a quienes postulaban el dar el paso hacia el abismo y a  experimentos parlamentarios cuyos resultados podrían ser catastróficos.

Está claro que nadie ha firmado un cheque en blanco al Gobierno actual y que la Legislatura va a requerir de mucha cintura política por parte y parte, pero al menos no vivimos en la interinidad, una situación que ha hecho mucho daño en lo que llevamos de 2016 debido a las exigencias de la Unión Europea y a las urgencias presupuestarias y de funcionamiento del país y de sus instituciones.

Y eso, señoras y señores, es la demostración palpable de que el espíritu de la Transición debe mantenerse y continuarse. Por esta senda del acuerdo parlamentario pueden llegar acuerdos importantes en materia de pensiones, en materia de Justicia, en materia de mayor descentralización para comunidades autónomas y para municipios y provincias, lo cual, por cierto, es una de las principales exigencias de los que somos alcaldes y concejales en toda España.

Todo eso, desde el exquisito respeto a la Constitución y a las normas y leyes, nos va a permitir seguir creciendo y seguir demostrando nuestra madurez democrática, sin tanto gesto ni tanto postureo en forma de titulares de Twitter o Facebook, que convierte a la política en puro espectáculo vacío de contenido y radical de formas.

Apostar por el diálogo es apostar por el futuro de España y de su ciudadanía, sin cruzar líneas rojas, pero también sin cerrar puertas.

Reformar, aportar y construir no significa romper, triturar lo ya existente o apropiarse del pedigrí democrático, faltando para ello al respeto al rival político o tratando de deslegitimar o desprestigiar a quienes no piensan como uno.

Llegados a este punto, deseo hacer una defensa a ultranza de la vocación de servicio público de la mayoría de políticos españoles y de cumplimiento estricto de los derechos y libertades emanadas de la Constitución Española y de las normas que los desarrollan y apelo a que así siga siendo y a que se unan más partidos a esta forma de entender la política desde el diálogo y no desde el enfrentamiento.

Confío plenamente en que este mensaje sereno sea bien entendido, en su justa medida, porque solo pretende reivindicar un modelo de convivencia con treinta y ocho años de vida que puede seguir siendo perfectamente útil durante muchas décadas más, eso sí, retocando con el máximo consenso lo que haya que retocar y sin afectar en modo alguno a la igualdad de todos los ciudadanos y ciudadanas de este país, vivan en el territorio en que vivan.

Son muchos los desafíos que nos aguardan en los próximos años y uno de ellos es el de seguir creciendo en la generación de empleo, algo que se presenta como indispensable para que España vaya a mejor, para que aumente la confianza de nuestros ciudadanos, para reforzar su dignidad y concretar sus derechos.

En suma, para que cada persona tenga la capacidad de administrar su propia vida y pueda alcanzar sus metas, pero pensando en un bien común y de convivencia tranquila. En otras palabras: Cuando se crea empleo crece la libertad. Los esfuerzos que la ciudadanía ha hecho en estos últimos años van a tener su recompensa, ya que creo firmemente que España va a ser más fuerte, competitiva, sólida y cohesionada en todos los órdenes.

Y eso, señoras y señores, también es luchar por la Libertad y por los Derechos Constitucionales. Lo contrario, o sea, no hacer nada y no tomar decisiones, habría sido un acto de irresponsabilidad, de cobardía, de desgobierno, o directamente de mal gobierno y de tirar por la borda lo mucho que se ha conseguido en casi cuatro décadas de Democracia.

En un día como hoy, lo dije antes, es momento de asumir el legado de respeto, consenso y convivencia generado en la Transición y que nuestra Constitución recogió en una serie de principios fundamentales: la unidad de la nación Española; la soberanía nacional, de la que es exclusivo titular el conjunto del pueblo español; la igualdad y solidaridad entre todos los españoles; la monarquía parlamentaria; un avanzado Estado social y democrático de derecho y una amplia descentralización política dentro de la unidad de España.

Muchos países occidentales con más tradición democrática que España y muchísimas naciones en vías de desarrollo envidian sanamente y se inspiran en este modelo español descentralizado y con altas cotas de autogobierno por regiones. Dicho de otro modo: nos miran con muy buenos ojos fuera de nuestras fronteras y, en cambio, hay españoles que dicen aborrecer un sistema que, sin embargo y en términos generales, funciona razonablemente bien. Creo que eso es algo digno de estudio.

Para los que tenemos la obligación y el honor de gobernar, nuestro modelo es irrenunciable. Poner en valor la Constitución actual, destacar su espíritu de libertad, de consenso y de pluralidad frente a esas voces que apuestan por la ruptura, con cierto aire incluso de superioridad moral, se antoja indispensable. Y en este mismo foro donde nos encontramos ahora mismo, estoy seguro de que la mayoría pensamos en términos más o menos similares o, en caso de que no sea así, podemos compartir lo esencial y disentir en los detalles.

Y os pido que no me entendáis mal: no estoy atacando a quienes critican la supuesta inmovilidad de la Constitución, están en su perfecto derecho. Solo reivindico, y espero el mismo respeto y tolerancia por su parte, lo que millones de personas piensan: que este modelo funciona, que España ha mejorado mucho desde los años 70 en adelante gracias al desarrollo normativo basado en los principios constitucionales y que hay mucho más que nos une como ciudadanos españoles que lo que nos pueda separar.

El destino de 47 millones de españoles, integrados en un espacio europeo con más de 500 millones de ciudadanos con intereses comunes y cientos de años de trayectoria común, no puede depender de las ocurrencias de unos ni de las prisas de otros por salirse de las reglas establecidas hasta ahora, sobre todo, si las reglas han dado resultado gracias, entre otras cosas, a una Constitución útil y vigente, que tenía en sus sólidas bases un argumento irrenunciable: la solidaridad interterritorial.

Todo lo que sea cambiar o modificar el contenido de la Constitución requiere esos ingredientes: altura de miras, tolerancia, experiencia, respeto y espíritu conciliador. Y tiempo. Sin fecha de caducidad. Sin exigencias previas ni argumentos falaces. Con ánimo de consenso y que busque un mínimo común denominador a 47 millones de hombres y mujeres que conforman el pueblo español. Insisto: ruego que no se malinterpreten mis palabras: no niego el derecho a hablar sobre la Constitución y el modelo en que se apoya, ni cuestiono el derecho a discrepar o a disentir. Faltaría más. Reclamo que se haga con sentido común siempre y cuando se den las circunstancias idóneas a nivel político, parlamentario y social.

Nuestro país demostró en 1978 haber aprendido la lección: la estabilidad lograda con tesón y determinación desde entonces no se asemeja en nada a las décadas que siguieron a nuestra primera experiencia constitucional aprobada por el pueblo en 1812 en las Cortes de Cádiz. A pesar de lo que suele ocurrir, la Historia no se repitió. Los derechos y libertades emanados de la Carta Magna de 1978 están ahí, intactos, y el resultado es palpable.

Fue, en suma, un salto cualitativo, un texto que supo estar a la altura de aquellos años y, por supuesto, donde sigue cabiendo absolutamente todo el mundo a día de hoy.

La Carta Magna actual nos ha hecho progresar y, sin duda alguna, continúa siendo el marco idóneo para avanzar en los desafíos de los próximos años y décadas.

La Constitución Española ha de ser el marco válido y un referente para salir de la crisis. Y no solo por las leyes parlamentarias basadas en la Carta Magna, algunas intactas y otras, reformadas en todo este periplo. Sino porque el espíritu de unidad social que dio paso a la Constitución es el que debe alumbrar el camino para salir del túnel, todos juntos y remando en la misma dirección. Aportando ideas, sabiendo escuchar, siendo generosos y sumando esfuerzos. Apelando a aquello que nos hizo grandes tras la caída del régimen franquista.

Señoras y señores, voy terminando con un último mensaje: Deseo de corazón que todos los españoles, tengan la edad que tengan y vivan donde vivan, se sientan orgullosos de este pueblo valiente y emprendedor, de sus antepasados y de los que están por venir y, sobre todo, se sientan orgullosos de aquella generación de legisladores que supieron aparcar sus enormes diferencias ideológicas para construir, juntos, un edificio común.

Un edificio democrático con sólidos pilares, pero fuste flexible, en el que todos fuésemos bienvenidos y respetados, aun dentro de la diversidad de pensamiento y con todos los mecanismos a su alcance para seguir aportando ideas y propuestas útiles en el marco de la más próspera convivencia.

Para terminar, quiero dar las gracias de corazón a todos los aquí presentes y desearles un muy feliz Día de la Constitución.

¡Viva España! ¡Viva Andalucía! ¡Viva Alhaurín de la Torre! ¡Viva la Constitución!

 

 

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