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Confirmar las convicciones


Creo haber dicho en otras ocasiones que todas las persona, o casi todas, conforme se van desarrollando se van confirmando así mismos, aunque también hay otros que permanecen sin tal confirmación y hasta se van con sus dudas...siempre dependerá de la suerte y de las circunstancias...ambas cosas fueron en su día mis aliadas. Vi desde muy pequeño las reacciones de personas, tanto niños como hombres, ante los insultos de los otros y siempre fije mi atención en un epíteto que hacía correr sangre, "Hijo de Puta"...de verdad que no lo entendía...mi madre, cualquier madre, debía de estar muy lejos de las "babas" de cualquier indeseable...en esa idea me atrinchere y en esa "duda" me mantuve durante años...hasta que un día la suerte, la buena suerte, creo, me llevó, no sin esfuerzo, a la confirmación de mis convicciones.

Como también he dicho otras veces estuve internado en un sanatorio, Antituberculoso concretamente, pues para que nada faltara a "mi posguerra particular" también ese "bichito" me atacó hasta en dos ocasiones, aunque  luego se supo que fue solo en una, pero que la "eminencia" médica que me trató en un primer momento dio por "expulsados" todos mis bichitos, a los que dejó engordando en mi interior hasta que al cabo de los años irrumpieron con todas sus fuerzas, fuerzas que llevaron a varios doctores a darme por "finiquitado". Yo tenía veintidós años, unas ganas  locas de vivir y un padre, ¡bendito sea!, que me acompañó en mi "aventura”. Un doctor, solo uno, dijo que podría intentarlo y a él nos entregamos. El trece de octubre de mil novecientos cincuenta y dos, lógicamente del siglo pasado, ingrese en un sanatorio, que era como un hotel de lujo y se ubicaba a quince kilómetros de Madrid...de lujo eran las instalaciones y de lujo era su entorno...en ese aspecto no tuve ninguna queja. En el comedor me situaron, en una mesa de cuatro y mis compañeros eran un tal Ángel, de Bilbao, un Manuel de Hellín y un Daniel, de Madrid convivimos amigablemente durante muchos meses y todos en espera de una curación mediante la medicina o bien por cirugía.

Nos citaron los médicos, vino mi padre y nos expusieron las circunstancias, clínicamente yo estaba curado, en mis pulmones ya no había bacilos pero había una pequeña "caverna" que no cerraba. Dos opciones, a casa con reposo casi permanente o una operación muy complicada a "todo o nada". Mi padre optó por la primera, quería tener a su hijo y él no tenía veintidós años. Me decanté por la operación y mi padre, sea otra vez bendito, no me negó tal posibilidad. El día quince de marzo me operaron, en una intervención difícil y que se estaba intentando por primera vez en España. Mi brazo derecho completo, incluido hombro y varias costillas fueron depositados sobre una mesa quirúrgica, mientras el cirujano, Plácido González Duarte, de Carcelen , Albacete, actuaba sobre el pulmón...colapsaron todo el vértice derecho....quince días de convalecencia y por fin, convertido en una momia, totalmente vendado el lado derecho, me autorizan a bajar a cenar al comedor, con la advertencia previa de que no debía de forzar para nada ese brazo. Y aquel día, precisamente, a Ángel se le ocurrió plantear el tema de los insultos y su solemne pronunciamiento, "a mí me dice alguien hijo de puta y yo lo mato". Yo intente imponer mis teorías, pero no hubo manera, dije, nunca debí hacerlo, que era una cuestión  de "culturas" y él creyó que le llamaba a él inculto. La cosas, por su parte, subieron bastante de tono y me levante y me fui con los otros compañeros. Los dos teníamos las habitaciones en el tercer piso y debíamos usar el ascensor. Llegue al mismo, siempre acompañado, y estaba bloqueado, esperamos a coger el otro, y al llegar arriba esperaba Ángel, que creyó o le hicieron creer, malas sombras hay en todas partes, que yo había bloqueado el elevador, lo primero que me soltó fue el consabido "hijo de puta"...lo juro, una corriente de hielo paralizó mi cuerpo al completo y solo dije "pues tú y sobre todo tu madre me ofrecéis tal respeto, que prefiero no contestar"...y  me fui...comentarios los hubo de todas clases. Los más rotundos de los médicos que vinieron a decirme de un modo claro que esa noche había salvado mi propia vida. Yo estaba sereno y sereno seguía cuando vinieron a preguntarme, a la mañana siguiente,  a que mesa me trasladaba, dije que a ninguna y me fui directamente a la habitación de Ángel, con gran susto de quienes me seguían. "Ángel si en algo te ofendí, perdona" y allí surgió en toda su pujanza la sangre noble de aquel vasco...con toda delicadeza me abrazo y no le falto nada más que llorar. El incidente se zanjo, Ángel fue mi amigo mientras seguí allí e incluso nos buscamos después en Madrid. La cosa pudo acabar en tragedia, pero no lo fue y yo pude confirmar mi "teoría " de que a una madre no la pueden manchar nunca las babas de un "malandrín".

Han pasado sesenta y cuatro años y yo aquí sigo, con el vértice de mi Pulmón derecho colapsado y con el convencimiento de que dialogo y sensatez hasta el más difícil de los problemas puede solucionarse...y aunque sé que lo que entonces era problema hoy no lo sería, siempre habrá "otros" a los que aplicarle la "norma".

¡Ah! Y que conste que yo no pretendo aconsejar, digo nada más.

 

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