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Carta política apócrifa


Si me alío contigo para formar gobierno, quiero dejar muy claro una cosa: que se llevarán a cabo propuestas de las incluidas en mi programa electoral, que no se realizarán algunos de los puntos de tu programa, que nos escucharemos mutuamente a la hora de tomar decisiones. Creo que, en la alianza, estamos más cerca de conseguir algunos de nuestros propósitos inmediatos que de no conseguir ninguno por oposición sistemática. No es preciso cerrarse en el “si no estás conmigo, estás contra mí”, porque damos el espectáculo de que estamos sólo por nosotros y nada por el sufrido pueblo que nos paga y nos soporta.

Ahora bien, como parece que lo substancial es sólo ocupar el sillón del gobierno, por temores varios, por intereses propios, porque se nos da una higa el bien de España y nos importa mucho alcanzar nuestra propia ambición, me enroco en mi bunker de negativas y allá se las compongan los demás. Y tú con ellos.

Una gran alianza, justificada con las razones que siempre tenemos a flor de lengua los políticos, podría salvarnos a todos y sentar las bases para edificar el asalto al poder en las próximas elecciones. Pero somos demasiado miopes, no vemos más allá de nuestros muros inmediatos, no nos asiste la inteligencia, o nos falta alguna de las inteligencias múltiples de las que se habla tanto ahora.

Una de las inteligencias múltiples es la verbal-lingüística, imprescindible para abogados, políticos y escritores. Puede que esta inteligencia nos sobre, pero nos debe faltar la intrapersonal (para conocernos a nosotros mismos, nuestras fortalezas y debilidades) y, sobre todo, la interpersonal que tanto nos ayudaría a comprender a los demás (sobre todo al pueblo, harto ya de estar harto) y reaccionar de la forma más adecuada a los intereses de la mayoría. También esta inteligencia es imprescindible para negociar. Y nos falta, puesto que no negociamos sino desde la estrechez de nuestros intereses únicos y sesgados.

Encuentro totalmente fuera de nosotros, la inteligencia existencial, pues en nada nos planteamos el sentido de nuestra aspiración a gobernar fuera de nuestra erótica del poder y el deseo de gestionar la trasparencia para que sólo se vea lo que nosotros queremos o nos cuadre en el momento dado.

En fin, que comprendo que las gentes estén hasta las narices, por no decir otra cosa, de nosotros, sus políticos electos incapaces de llegar a acuerdos para gobernar.

 

 

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